«Huérfanos de Brooklyn», clásico y logrado relato policial de Edward Norton

Pasaron casi 20 años para que el actor Edward Norton volviera a ponerse detrás de cámaras para dirigir «Huérfanos de Brooklyn», un filme policial clásico y logrado, ambientado en la Nueva York de la década del 50, que se estrena hoy en Argentina.

El filme está basado en la novela homónima de Jonathan Lethem publicada en 1999, pero en la escritura del guión Norton modifica los años en que sucede la historia e instala en primer plano la cuestión del planeamiento urbano de Nueva York, el modo como se tiran abajo barrio enteros para rediseñar la ciudad e incluye en el filme la polémica figura del urbanista Robert Moses, que interpreta Baldwin y lleva el nombre de Moses Randolph.

Incorporando este toque social al relato, que acerca la historia al policial negro, Norton no resigna ninguno de los hilos maestros del género clásico: un asesinato turbio que necesita ser aclarado y una serie de pistas que comienzan a aparecer y enmarañarse a medida que la investigación se desarrolla, la ilusión del amor, los riesgos, las traiciones y la toma de decisión final.

Norton es Lionel Essrog, un detective privado aquejado del Síndrome de Tourette, lo que parece descalificarlo para la vida y la investigación, pero se pone al frente y en solitario de la pesquisa ante la muerte de la única persona que parece valorarlo al comienzo de la historia, su jefe, que reclutó a sus colaboradores de un orfanato neoyorquino, de ahí el título del filme.

Otra vez Alec Baldwin hace gala de una consistencia actoral fuera de discusión en la construcción del urbanista Moses Randolph y otra vez Willem Dafoe adolesce de ciertas exageraciones para un elenco que en líneas generales funciona muy bien, con un correcto y eficiente Bobby Cannavale y la belleza seductora de Gugu Mbatha Raw.

Buenas atmósferas, agradable música de jazz, un trompetista (Michael Kenneth Williams) que podría ser Miles Davis, negocios sucios y amores posibles, para una historia bien contada, que remite a viejos buenos hábitos de Hollywood, que, aunque algunos le criticaron su excesivo metraje (dos horas 20 minutos) nunca decae y se deja ver con placer.

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