La carga más preciada – 6 puntos
La plus précieuse des marchandises, Francia/Bélgica, 2025
Dirección: Michel Hazanavicius
Guion: Michel Hazanavicius, basado en un cuento de Jean-Claude Grumberg
Duración: 81 minutos
Intérpretes: Dominique Blanc, Grégory Gadebois, Serge Hazanavicius y la narracción de Jean-Louis Trintignant.
Estreno exclusivo en salas.
“Dicen que esta historia es un cuento, que nada de esto ocurrió. Ni los trenes ni los campos, ni el dolor de las madres y los padres buscando a sus hijos. Sí, dicen que nada de eso es cierto. Pero dicen tantas cosas”. Con estas palabras, recitadas por la voz gastada pero tremendamente expresiva de Jean-Louis Trintignant, el director francés Michel Hazanavicius elige hacer una declaración de principios en La carga más preciada, su última película, estrenada en el Festival de Cannes.
A través de ellas le otorga a una voz colectiva, un “ellos” indeterminado, la potestad de cierto consenso, de cierto sentido común. Son “ellos” los que afirman que todo eso que podría resumirse como el pasado -una parte muy específica del pasado- en realidad nunca ocurrió. O al menos no como la cuentan. Pero, ¿cómo la cuentan quiénes? ¿Es que la alución a ese “ellos” misterioso implica un “nosotros” concreto? ¿Y quiénes somos “nosotros”?
A esa altura, luego de haber sido testigos de la historia que se cuenta en La carga más preciada, esas preguntas tácitas demandan respuestas que no son tan complicadas de dar. Las mismas implican para el espectador no solo una toma de posición activa frente a lo que se acaba de ver, sino también de cara a ese pasado que hay quienes dicen nunca ocurrió. Y más aún, frente a las reverberancias de ese pasado que aún hoy se perciben con claridad.
La historia comienza con ese delicado balance entre ternura y crueldad que caracteriza a los cuentos de hadas. Una pareja de leñadores que vive en el bosque sobrevive como puede a la hambruna y miseria provocada por “La Gran Guerra”. Sola y sin haber cumplido su sueño de ser madre, una mañana bajo una nevada copiosa ella ve pasar el tren y le ruega que su paso deje algunas sobras para calmar su frío y su hambre. Pero lo que el tren le deja es una bebé. La felicidad de ella contrastará con la furia del leñador al enterarse de la novedad. “Si viene del tren: ¿sabés de que raza es?”, pregunta. “¡Es una despiadada! Mataron a Dios, son ladrones y no tienen corazón”.
En tiempos de negacionismos recargados, Hazanavicius opta por narrar una fábula oscura que intenta ser una bofetada para los que se empeñan en serruchar la historia a gusto. O peor: negarle a otros no solo la dignidad de una identidad, sino el derecho a la existencia. Y aunque la película refiera al Holocausto, es muy fácil proyectar su mensaje sobre conflictos muy concretos del presente. Los negacionismos siguen ahí, vociferan, no se ocultan. La intención de la película es clara y hasta noble, podría decirse. Tan clara como la decisión de apilar tragedia sobre tragedia, un impulso que apunta más a revolver el corazón del espectador de lo que suma a la dramaturgia del relato.

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