30 abril, 2026

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Mario Méndez: "El libro sigue siendo un valor que no se discute en la Argentina"

Autores que escriben «para chicos» invitados a escribir «para grandes». Esa es la propuesta -aun desde la certeza de los múltiples equívocos que trae una diferenciación de este tipo- de la colección de Buena Cosecha Editora. Dos tardes con Trini, el nuevo título a cargo de Mario Méndez (reconocido en el campo de la literatura infantil y juvenil por obras como El viejo de la biblioteca, El tesoro subterráneo, y para jóvenes otras como Zimmers y El que no salta es un holandés, entre muchas) sumerge al lector en otra historia entrañable, con temáticas y escenarios que el autor ha transitado, ahora ampliando su público lector. Lo presenta y brinda por su nacimiento este viernes, a las 18.30, en la librería Caras y Caretas (Junín 365), en una conversación con sus colegas Mateo Niro y Sebastián Vargas.

Francisco y Trini se vuelven a encontrar muchos años después en el bar La Academia. El reencuentro casual abre el entusiasmo del recuerdo y así se van hilando historias de los tiempos en que ambos trabajaban en la villa 20 de Lugano, con todos sus personajes y circunstancias. Méndez no narra hechos extraordinarios, pero pone el foco en lo extraordinario que puede haber en lo cotidiano, en el encuentro con los otros. Tampoco hay héroes ni heroínas -más allá de un maestro y formador de la villa, Alfredo, un hombre noble pero imperfecto al fin-. Como suele ocurrir, las vidas de las personas son novelas en sí mismas. 

Algo de eso pensó Méndez cuando comenzó a escribir, mucho tiempo atrás, lo que fue el germen de Dos tardes con Trini. Porque la novela es un desprendimiento de un viejo proyecto, «un novelón polifónico» que seguía a muchos de los entrañables personajes que se asoman en esta historia, contando todo lo que le pasaba a cada uno, en un mismo día en la villa. Aquella Crónica de un día cualquiera transitó los caminos editoriales que suelen ser intrincados, quedó finalista de concursos, estuvo a punto de ser publicada, pero no vio la luz. «Y después envejeció, porque la villa cambió muchísimo, esa que yo contaba se había transformado demasiado. Pero quedó picando la idea de seguir un día en la vida de cada personaje», recuerda Méndez.

«La fui vampirizando«, se ríe ahora Méndez, porque algunos personajes y situaciones de la novela terminaron apareciendo en otras para chicos, como la muy leída El viejo de la biblioteca, que transcurre en Ciudad Oculta.

Como suele ocurrir, hay algo autobiográfico como punto de partida para imaginar esta historia: al igual que el personaje de Francisco, el primer trabajo de Méndez fue como maestro alfabetizador, en el comedor Piluso de la Villa 20 de Lugano, que es el escenario de la novela. Allí conoció a una docente que, como Trini, se fue a vivir a la villa. Hay mucho de conocimiento del terreno que se evidencia en una escritura que no juzga ni romantiza, que no propone estereotipos ni deja moralejas.  

«A todo eso hay que escaparle como a la peste. La primera vez que llevé a una editorial El viejo de la biblioteca (una novela que ha sido muy leída en las escuelas) la rechazaron porque esperaban, no sé, el informe de Telenoche, tiros, drogas, rock and roll. Y puede que la villa sea eso, pero también es la gente que se levanta a las siete de la mañana para ir a laburar. No es todo marginalidad y violencia, tampoco es toda gente buena, ¡como en todos lados!», repasa el autor. 

-Y tampoco la tienen fácil los que van de afuera a «ayudar», como muestra la novela…

-Todo fue empeorando lamentablemente, se puso cada vez más áspero y medio que se perdieron algunos códigos. Yo me acuerdo de haber ido a un baile siendo chico, en la villa, y cuando me iba, uno de los flacos me dijo: profe, lo acompaño a cruzar el puente, no sea cosa que le cobren peaje. O sea, la tenía clarísima, yo era de afuera, salía con mi cara de maestro a las 3 de la mañana, ahí había un código que no estaba entendiendo yo… 

-El maestro va a enseñar y le cuesta conseguir alumnos, su rol en la villa es noble pero él tampoco es perfecto, no es un héroe. ¿También existió alguien como él? 

-Es una construcción a partir de varios personajes que conocí cuando laburé en el plan de alfabetización. Tomabas un cursito para especializarte, y en los grupos había de todo. Alfredo, el maestro, es una construcción sobre muchos maestros y maestras y gente que conocí laburando ahí. Y sí, yo no creo que haya demasiados héroes, creo que la gente es contradictoria. Por supuesto que la docencia tiene muchísimo de nobleza y de desafío. Y lamentablemente muchas veces de desesperanza, porque por más que labures veinte años en la villa, como tengo amigos que todavía siguen laburando, o con los chicos en situación de calle, con los que también trabajé, si no hay una decisión de fondo, económica y política, el problema sigue ahí. La educación es necesaria, pero no deja de ser un parche, un bálsamo, como quieras llamarle: no soluciona, ayuda. Por supuesto es mejor que haya maestros trabajando con los pibes de la calle y de la villa, a que no haya. Pero hay algo de fondo que tiene que acompañarlos y empujarlos en esa tarea. 

-La tarea de «conseguir alumnos», convencerlos de que vayan a las clases, ¿también era real?

-¡Sí! Era dificilísimo, y además había una presión permanente, burocrática, de un alumnado mínimo. Yo he llegado a dar clases con tres personas, por ahí se anotaban pero faltaban mucho, era difícil.

-Es presidente de Alija, la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina. ¿Cómo evalúa el presente del sector? 

-Debo decir que pertenezco a un grupito de cierto privilegio. ¿Por qué? Porque la literatura para niños vende muchísimo más que la literatura para adultos, y porque entre los que nos dedicamos a escribir para chicos, chicas y jóvenes, fundamentalmente, hay mucha más gente que logramos vivir de esto y sus aledaños que entre los que escriben para adultos. Fuera de esa circunstancia absolutamente única, excepcional, del sector, la industria editorial no escapa a las generales de este presente tan horrible, tan difícil desde lo económico, con ventas que se desploman, y tan cruel desde lo social. 

-¿A qué cree que obedece esta excepcionalidad de la literatura infantil y juvenil?

-A la alianza entre las y los docentes lectores, entre la escuela en todos sus ciclos, el preescolar, la primaria y la secundaria, y sobre todo la preescolar y la primaria. Lo vimos en la última Feria del Libro Infantil, en plenas vacaciones se llenó de maestras, bilbiotecarios, ávidos de ver las novedades, de aprender sobre distintos géneros, de hacer los recorridos. Hay una convicción muy fuerte en la escuela de que leer es fundamental. Y esto es lo que hace que la literatura infantil y juvenil siga circulando fuertemente. Es una alianza necesaria e indisoluble. Y hay muchos proyectos editoriales pequeños que nutren el ecosistema, la Feria de Editores fue una muestra de eso también. Sellos pequeños, pero pujantes, que acompañan a los autores, que fomentan que el libro circule, que organizan charlas, que hacen clubes. Afortunadamente, el libro sigue siendo, en la conciencia de la sociedad argentina, como pasó con la universidad, un valor que no se discute. 

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