28 julio, 2026

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Anahí Berneri: "Hoy puedo disfrutar la valentía de 'Un año sin amor'"

«Poeta mundialmente famoso, profesor en sus años otoñales busca compañero, pareja, protector o amigo. Amante joven, alma delicada, espíritu exuberante, franco y bello para compartir cama, meditación, departamento, ayudar a vencer la furia y la culpa del mundo. Inocente como esclavo o amo. Mortalmente tierno al paso de los del tiempo. Encuéntrame si puedes. Estoy aquí, solo con lo solo». Con esa pluma afilada y fina comienza Un año sin amor, el 26 de abril de 1996 con un Pablo Pérez sentado en la computadora redactando dos avisos: uno para dictar clases de francés y otro, definitivamente más importante, dirigido a una revista gay para conocer hombres en el ámbito leather de Buenos Aires, práctica comúnmente resumida con las siglas BDSM: Bondage-Disciplina, Dominación-Sumisión, Sadismo-Masoquismo. 

Estrenada en 2005, dirigida por la guionista y realizadora Anahí Berneri y basada en la novela homónima del escritor, traductor de francés y periodista Pablo Pérez, Un año sin amor cumple ahora 20 años de su estreno en cines y festivales y el Suplemento SOY junto con el Cine Arte Cacodelphia, ubicado a metros del Obelisco porteño, lo celebran con una proyección especial de homenaje el jueves 21 de agosto a las 19 en el marco del Ciclo de Cine LGBTIQ+ que comenzó la semana pasada, programado con una selección de películas nacionales cuyas temáticas atraviesan la diversidad sexual y la identidad de género, en un contexto sociopolítico dominado por un gobierno que busca acallar, desfinanciar y censurar expresiones culturales disidentes. 

La programación del ciclo, pensada como un ámbito de disfrute pero también como una lucha contra los discursos de odio incluye, como en este caso, funciones homenaje, clásicos, estrenos recientes y preestrenos exclusivos abiertos a toda la comunidad. Así, vuelve al cine y con sonido surround la primera película de Anahí Berneri que, a dos décadas de su realización, continúa siendo tan osada, nocturna, erótica y desafiante como cuando se estrenó a mediados de la década infame de los 90. Pablo Pérez también participó del film adaptando su novela al guion junto a Susana Silvestre y la propia directora: Un año sin amor se estructura como un diario audiovisual que recoge una infinidad de aristas, vivencias y experiencias de su autor o, como lo señala el protagonista Juan Minujín en una de las escenas finales que constituye una suerte de puesta en abismo, “trata de la vida de un escritor que está enfermo de sida y que cuando siente que se va a morir, empieza a escribir su diario». 

Acompañado por un elenco de figuras como Osmar Núñez, Mónica Cabrera, Mimí Ardú, Carlos Portaluppi y Juan Carlos Ricci, el film representa un recorrido urbano, nocturno y solitario en primera persona bajo la piel de un escritor y profesor de francés condenado a convivir con el virus del VIH en los años 90, en un momento de quiebre cuando estaba por llegar el tratamiento que le quitaría a la enfermedad su característica mortal para convertirla en una condición crónica bajo tratamiento, mediante un cóctel de drogas conocido como TARGA por sus siglas: Terapia Antirretroviral de Gran Actividad («¿Lo llamaran ‘cóctel’ para volverlo atractivo y que uno se imagine una copa de cristal con dos cerecitas?», se pregunta con humor involuntario su protagonista).

Entre la soledad, la búsqueda de sexo duro y espontáneo, las terapias experimentales, las visitas médicas, el amor que no llega, la familia que condena las propias elecciones y las estrategias alternativas de supervivencia frente al avance de la enfermedad, la película registra a modo de diario íntimo la pasión fetichista de su protagonista por el cuero, las botas y las cadenas, heredada de la niñez y de su fanatismo por los superhéroes, el spándex y sus trajes apretadísimos que marcaban los músculos de esos exagerados cuerpos. 

Como una tormenta que muta en los más diversos climas, el film transita una atmósfera precisa, delicada y densa, profundamente poética y valiéndose de imágenes que se conducen con el mismo frenesí que aquel que lo apura a Pablo a una urgente necesidad de mejorar su salud para sobrevivir en un cuerpo abatido por el VIH y sus inefectivos tratamientos médicos, anclado en una cotidianidad compartida con una tía con problemas psicológicos en un departamento pequeño y destartalado. En diálogo con Página/12, Anahí Berneri, que desde entonces continuó una prolífica cinematografía que incluye obras de la talla de Por tu culpa, Elena sabe o Alanís (con la cual se convirtió en la primera mujer cineasta de habla hispana en ganar la Concha de Plata a la mejor directora en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián), rememora los avatares de su ópera prima, sus derivas a través de los años y las políticas culturales de la actualidad en relación al cine, a su producción y a la importancia crucial de continuar contando historias diversas y disidentes para ofrecer una alternativa a las mismas que siempre narran los tanques privatizados de las pantallas pochocleras en los shopping center.

 ¿Cómo encontrás tu primera película hoy, a 20 años de su estreno?

-Encuentro Un año sin amor como un documento de época. La película retrata un tiempo en que el VIH se vivía como una pandemia y que quien recibía su diagnóstico tenía una sentencia de muerte, pero también es un retrato de un tiempo en que el “levante” era otra cosa. Pre redes sociales y pre chats, había que ir a lugares para encontrarse en comunidad: bares, clubes, cines gays y calles donde se iba a “yirar”, que en su mayoría dejaron de existir, fueron atesorados en la película. Como directora me reencuentro con la película con mucha ternura, viendo la desfachatez de la puesta. Sin juzgarla la puedo disfrutar y dejarme sorprender por su valentía.

-⁠¿Qué impacto tuvo en su momento siendo un film tan rupturista?

-La película tuvo un hermoso reconocimiento en el festival de Berlín, donde fue la primera película argentina en recibir el Teddy Award. El público en los festivales internacionales se quedaba sin entradas para verla, porque las películas LGBTIQ+ eran muy pocas y era toda una rareza que la dirigiera una mujer. Tenemos que pensar que era otra Argentina, recién se había aprobado la unión civil entre personas del mismo género. El equipo técnico aún era prejuicioso al filmar ciertas escenas de sexo o en lugares como el Club Fierro Leather o el Cine porno Box. El comité del INCAA no la quería declarar de interés para otorgarle los subsidios, porque consideraban que el “leather” era una práctica de gente enferma ligada a la dictadura. Había mucho desconocimiento y prejuicios. Hoy, con los avances de las derechas a nivel global, creo que la película nos invita a revisar los cambios sociales y no perder los derechos que hemos conseguido.

 

-Imagino que en ese contexto y con una película como esta te habrán quedado muchos recuerdos.

-Muchos recuerdos. Siendo mi opera prima, recuerdo que un día le dije al asistente de dirección, Luis Bernárdez, “me voy a divertir, porque tal vez sea la última película que filme en mi vida”. Esto es algo que me lo repito cada vez que encaro una película. En el rodaje, todos los técnicos tenían más experiencia que yo, porque yo nunca había puesto un ojo en una cámara de fílmico y eso me aterrorizaba, dado que la película se filmó en 16 milímetros y en las primeras jornadas no teníamos video assist para ver qué estábamos filmando. Hoy la tecnología ha popularizado al cine y todos podemos ser cineastas desde nuestros dispositivos móviles.

Diario de una pasión

Publicado en 1998 por la editorial Perfil y reeditado por Blatt & Ríos en 2018, Un año sin amor es, como señaló alguna vez el propio Pérez, un «diario tramposo», porque comenzó como un proyecto de novela pero acabó siendo una bitácora existencialista en la que su narrativa se vuelve más fragmentaria, fresca y personal como la de un diario íntimo, reflejando así un devenir más asociado a la vertiginosidad de la vida misma por fuera de construcciones narrativas artificiales. 

Llevado a la pantalla grande luego de 7 años de su publicación que, en palabras de Minujín haciendo de Pérez, «intenta ante todo ser un diario de la búsqueda del amor, de la pérdida del amor, del deseo y del miedo ante la muerte», el libro devino un audiovisual sin concesiones en la que conviven imágenes de sexo explícito, varios recorridos por los ambientes icónicos de la noche leather gay de Buenos Aires y una gran performance de un joven Minujín dispuesto a todo. Pero sobre todo, se convirtió en un ensayo sobre la propia existencia en la búsqueda de un verdadero amor, transitando caminos sinuosos entre el placer, la literatura, los miedos y las estrategias alternativas de subsistencia necesarias para convivir con el VIH en tiempos de ferocidad y pérdidas cercanas. 

Retratada con una paleta de colores fríos en la que predominan los metales y el negro brillante del cuero, el de las noches más oscuras y el del desesperanzador futuro, Un año sin amor refleja una época que de alguna manera aún convive con la nuestra pero sin las luces de las pantallas de los teléfonos celulares. Iluminada, por el contrario, con las bombitas tenues de los bares vacíos y las luces de neón de los negocios desesperados por la crisis, con las lámparas de los pasillos del Hospital Fernández y los proyectores de los cines porno gay, o con las bolas de los boliches icónicos del ambiente leather porteño, en donde circulaban las personas que se contactaban a través de las revistas del ambiente como NX. Mientras tanto, los noticieros amarillistas buscaban subir el rating banalizando la lucha de las travestis, expulsadas por la policía y por los vecinos de Palermo de las calles en las que ejercían la prostitución. 

Realizada en 2005 pero ubicada en 1996, la novela de Pérez filmada por Berneri combina también esperanza con desolación, autobiografía con ficción, fetichismo y erotismo, narrando una porción fundamental de la historia alternativa de las disidencias sexuales en Argentina con la precisión justa para pasar, de un segundo a otro, de una escena de una orgía leather en un sótano superpoblado a un almuerzo familiar cuyas preocupaciones principales son los aportes jubilatorios, el número de CUIT o alguna otra cuestión típica del intento de supervivencia económica en los años del menemismo.

-⁠¿Cómo fue el proceso del guion con el libro de Pablo para llevarlo a la pantalla?

-Trabajé con Pablo en la adaptación de su novela homónima pero también utilizando fragmentos de El mendigo chupapijas, una nouvelle que había salido por entregas, también de Pablo, de alto contenido sexual. Nos conocimos con el autor en Belleza y Felicidad, la galería propiedad de Fernanda Laguna. Fue en una entrevista que le hice por un magazine gay que yo dirigía en un canal de cable, por inicios de los 2000, y enseguida surgió la idea de hacer la película. Se la conté al productor, Diego Dubcovsky, y rápidamente nos dio luz verde para comenzar la adaptación. Recuerdo que había una tensión escribiendo el guion, porque Pablo veía la película más porno y trash, y temía que el personaje de Pablo fuera demasiado afrancesado”.

Regreso al cine

Dos décadas después de Un año sin amor, los motivos para celebrarla también  posicionan bruscamente en el actual contexto político, con un Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales en plena crisis, con la ausencia del cine argentino en festivales de alto prestigio como la Berlinale o el Festival de Cannes, sin olvidar los brutales recortes a la producción cinematográfica en la era Milei, en la que por primera vez en su historia el INCAA pasó un año entero, hasta abril de 2025, sin aprobar una sola película. 

Ahora, con los primeros resultados exhibidos por el INCAA para producir unos pocos largometrajes, y con el gobierno que celebra comedias que no causan gracia en las que la mala leche insiste con una cultura cinematográfica privada basureando la pública, las posibilidades de la cinematografía local continúan de mal en peor, apaleadas por el discurso oficial mediante la violencia, los datos falsos y su consecuente reproducción masiva en las redes sociales por un ejército de trolls. Tal como declaró el Colectivo de Cineastas sobre la dramática situación del INCAA en un comunicado del 29 de mayo luego de una reunión con altos directivos del instituto, «El Presidente ha decidido continuar con una política de producción que ha devastado la industria nacional y dejado a miles de familias sin sustento, con trabajadores en la calle y una Industria de ahora en más sin Cine Argentino». 

Realizada con el apoyo del INCAA, Un año sin amor obtuvo, entre muchos otros galardones, el Premio Teddy 2005 a la mejor película en el Festival Internacional de Cine de Berlín, el Gran Premio del Jurado y Mejor Largometraje Narrativo Internacional en el Festival Outfest, el premio al Mejor Largometraje Narrativo Extranjero en el Festival de Cine Lésbico y Gay de Nueva York y una pila de nominaciones en el Festival de Cine de Mar del Plata y en la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina, entre muchos otros reconocimientos y proyecciones a nivel local e internacional, siendo distribuida en España, Holanda, Tailandia, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Alemania, por nombrar algunos países.

-¿Qué reflexión te merece la situación actual del INCAA, a casi dos años de la gestión del gobierno de Milei?

-La actividad a nivel industrial se encuentra en niveles bajísimos de producción. Hoy se sostiene por las plataformas que producen y algunos concursos que el INCAA acaba de otorgar, pero que no alcanzan para sostener el nivel artístico, de pluralidad y visibilidad con que el cine argentino contaba a nivel mundial. Yo considero que desde el 2015 el INCAA no está funcionando debidamente, pero hoy las nuevas políticas han hecho desaparecer la producción independiente y eso es muy grave. Simplemente quiero recordar que una sociedad sin cultura ni educación no tiene futuro y es fácilmente sometida. No podemos educar ni formar conciencia nacional a través de las redes sociales o producciones extranjeras, porque perderemos nuestra libertad e identidad.

-Estando así las cosas, ¿qué posibilidades le ves a la producción cinematográfica local y a su futuro inmediato?

-Yo soy optimista y pienso que el cine argentino no va a desaparecer. Creo que de los avances de la Inteligencia Artificial, que generan imágenes pasteurizadas y brillantes de todo y de todos, y de la falta de financiación, va a surgir un “Nuevo cine argentino independiente”. Más urgente, filmado en las calles, tal vez con teléfonos, en cooperativa, más trash y real. Imagino una vuelta al Neorrealismo… O tal vez sean mis ganas de que así sea.

 

* Un año sin amor se proyecta el jueves 21 de agosto a las 19 en el Cine Arte Cacodelphia, Av. Pres. Roque Sáenz Peña 1150.

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