A Edward Said le faltó, quizás, escribir una novela. Pero no se equivocan aquellos que lo conocieron bien y aseguran que la más genuina ficción había sido su propia vida. Ese campo de inquietudes que tan generosamente transitó, entre la crónica narrativa y el análisis sociológico o histórico, pasando por la música y la militancia política, modeló un personaje que inspiró, sin dudas, a Timothy Brennan. El catedrático de la Universidad de Minnesota, después de años de investigación, dio a conocer La vida de Edward Said, un libro fascinante que acaba de publicar el sello Debate (Penguin Random House) dentro de la colección Lugares del pensamiento.
La importancia del crítico, intelectual y activista palestino-estadounidense para el mundo contemporáneo podría resumirse en un puñado de hechos que lo tuvieron como protagonista. Todos ellos estuvieron atravesados por la política, aunque solo algunos de ellos se definieran explícitamente en esos términos. Su rol como negociador de los derechos de Palestina en el Departamento de Estado de los EE.UU. fue inseparable de su tenacidad imaginativa para crear, junto a Daniel Barenboim, la West-Eastern Divan Orchestra, una agrupación que reunió a jóvenes músicos árabes e israelíes. Pero es probable que estos dos ejemplos de «acción directa», dentro del calidoscopio saidiano, fueran subsidiarios de su pasión más encendida, la que guió su vida y su obra: la lucha por las ideas. Said fue el hombre que logró trasladar las humanidades al centro del mapa político.
Brennan ensambla con naturalidad las aristas más personales y las intervenciones públicas del intelectual palestino-estadounidense. No parecía haber, de hecho, fisuras insalvables entre ambos ámbitos. Pero sí detalles y matices que dibujan a un personaje complejo, en algún sentido alejado del estereotipo del «intelectual comprometido palestino». Más cerca de aquella «izquierda exquisita» retratada por Tom Wolfe que de la imagen orientalista del «escritor en armas», Said compraba sus zapatos en la londinense Jermyn Street y se obsesionaba con cada nueva innovación tecnológica en los equipos de música de alta gama, además de hacer un culto de los habanos de primera marca. Cuando le criticaban esas debilidades mundanas, Said reivindicaba con orgullo la idea de que ser «progre» no era incompatible con vestirse bien.
Las paradojas, las complejidades y -por qué no- las contradicciones venían desde el origen. Había nacido en Jerusalén pero se crió en El Cairo, donde su familia pertenecía a una pequeña minoría religiosa anglicana. Su padre era el principal proveedor de material de oficina del ejército de ocupación británico en Egipto. El enrarecimiento de la situación política en la región lo llevó a instalar el negocio en Beirut. Para entonces Edward ya tenía edad y un mandato familiar/cultural para forjar una auspiciosa carrera universitaria en los Estados Unidos. Estudió en Princeton y en Harvard, y la mayor parte de su vida profesional la pasó en el claustro de Literatura Inglesa de la Universidad de Columbia. Como dice Brennan, «Said era neoyorquino antes de llegar a Estados Unidos».
En un contexto de creciente maccartismo pero sin ser blanco -todavía- de sus dardos, Saidí fue radicalizando sus posturas políticas a la vez que se sentía identificado con la camaleónica Nueva York: por un lado, el centro de una «economía capitalista tardía globalizada» y por el otro, un hervidero de «expatriados urbanos» creativamente disidentes. Said fue, finalmente, lo más parecido a Sartre que pudo alumbrar Estados Unidos.
Si hubiese que elegir solo una contribución de Said a la historia de las ideas en el siglo XXI, la respuesta sería: Orientalismo. El libro, publicado por primera vez en 1978, ayudó a cambiar el paradigma de los estudios culturales. El impacto político fue inmediato. El historiador palestino Tarif Khalidi eludió el protocolo académico para definirlo así: «Por primera vez había un libro de uno de los ‘nuestros’ diciéndole al imperio que se fuera a la mierda». Pero el ensayo de Said era un grito de guerra escrito con sabiduría y sutileza. En su crítica a la identidad esencializada que la erudición europea le asignaba al mundo árabe e islámico, ponía al descubierto el juego de las representaciones -en el mundo del arte, de los discursos mediáticos, de los estudios universitarios, etc – como parte de la realidad políticamente impuesta.
Brennan sintetiza con claridad el eje de ese libro tantas veces citado y traducido a treinta idiomas: «El campo de los estudios orientales había logrado crear una proyección fantástica sobre los árabes y el islam que se ajustaba a los prejuicios de su público occidental. A veces, esas imágenes eran exuberantes y embriagadoras, otras infantilizadoras u odiosas, pero en ningún momento describían a los árabes y musulmanes como vecinos o contemporáneos de Europa, o como personas que se enfrentan a los mismos problemas cotidianos que la gente de Occidente». El éxito de Orientalismo estuvo medido por la cantidad de libros que se publicaron para destrozarlo. Said había tocado una fibra sensible. «El conocimiento es poder», se defendía y atacaba el escritor.
Said convertía en elocuencia su cóctel personal de narcisismo e inseguridad. Le daba una especial valor a esa palabra/idea, la elocuencia, «al bayan», una categoría crucial en el humanismo árabe, que hace referencia a ese tipo de fluidez verbal que aclara o dilucida. Frente a sus alumnos o compartiendo escenarios de debates con intelectuales de la talla de Althusser, Lacan, Barthes o Foucault, Said defendía críticamente, desde un lugar extra-canon, el marxismo, el psicoanálisis y el feminismo.
Aunque estaba convencido (lo escribió en su texto Permiso para narrar) de que las ideas eran más importantes que los ejércitos, las armas y la tierra, en algún momento de su vida sintió que sus aportes académicos sobre la literatura de Conrad, por ejemplo, influían demasiado poco -creía él- frente a la realidad tangible de un ejército israelí que asaltaba campos de refugiados palestinos. Cuando se involucró políticamente de manera más activa, terminó sufriendo cancelaciones (antes de que se popularizara el término) por izquierda y por derecha. Muy cerca de la OLP en algún momento, fue crítico de los Acuerdos de Oslo y la proclamada -pero nunca concretada- «solución de los dos estados». Fue durísimo con Yasir Arafat y defendió la utópica idea de que Israel y los palestinos se integraran en un único estado laico, democrático y binacional. El líder palestino contraatacó prohibiendo los libros de Said en Cisjordania y Gaza.
Le fue peor con cierta ingellitentsia progre neoyorquina que llegó a tildarlo de «fanático antisemita» cuando él mismo tenía origen semita y se refería a menudo a los árabes, palestinos y judíos orientales como pueblos con una sensibilidad y un destino similares. Criticaba, eso sí, el «sionismo bíblico al margen de la historia». Le rechazaron un título honorífico ya otorgado en Cambridge. En los momentos más tensos del conflicto palestino-israelí Said fue investigado por el FBI, su despacho fue atacado con una bomba incendiaria y le robaron buena parte de sus libros, un intento, casi, de sustraerle el alma.
En los últimos años de su vida luchó contra la leucemia y contra la sensación de no encajar en el mundo que se imponía. Su libro de memorias se llamó, precisamente, Fuera de lugar. Ese hombre que había sido «fuente de nuestra cordura en la desesperación», según el académico iraní Hamid Dabashi, se sentía raro, torpe y ajeno en todos lados. Se refugió en la música (era un exquisito pianista), en gran medida -también ahi- como gestor político-cultural. Donó el dinero de un premio que le concedió The New Yorker para la fundación del Conservatorio Nacional de Música en Palestina. Junto a Barenboim y al violonchelista Yo-Yo Ma seleccionó a un grupo de músicos árabes e israelíes que le dieron vida a la West-Eastern Divan Orchestra. Said no proponía «educación musical» sino «educar a través de la música»: una formación que debía combinar el estudio de la interpretación con la comprensión de la historia, la política y la estética. El emprendimiento también recibió críticas por izquierda, por derecha, entre laicos y religiosos de ambos bandos.
El autor de esta brillante biografía política y cultural accedió a testimonios de familiares directos de Said. Según su hijo Wadie, el autor de Cultura e imperialismo, El árabe retratado, Música al límite y La cuestión palestina, entre otros libros, vivió la última década de su vida (murió en 2003 a los 67 años) en un estado constante de rabia y dolor. Estaba convencido de que sus ideas serían derrotadas, no solo por las fuerzas geopolíticas que se habían desencadenado sino por un motivo más doméstico pero cada vez más determinante: «el poder superior de las mentiras repetidas incesantemente».
SIn embargo, el pesimismo de la razón nunca lo inmovilizó: «En lo tocante a la crueldad y la injusticia, la desesperanza preocupada es sumisión, que considero inmoral«, escribió para que alguien alguna vez tomara nota, por ejemplo hoy mismo.

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