28 abril, 2026

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"El polvo", documento nada convencional

El polvo – 7 puntos

(Argentina, 2023)

Dirección y guion: Nicolás Torchinsky.

Duración: 73 minutos.

Estreno exclusivamente en Cine Arte Cacodelphia, los sábados a las 19 h

Objetos, dedos que los manipulan, sonidos, voces, fotografías, reflejos. A millones de kilómetros de distancia del documental hagiográfico convencional, el nuevo largometraje de Nicolás Torchinsky construye el perfil de una figura a partir de los retazos de su existencia, grabados en la memoria y en la materialidad que la rodeó en vida. Como si se tratara de una evocación indirecta, en la cual la silueta a perfilar se va armando de a poco y pacientemente, el director de La nostalgia del centauro reconstruye vida y obra de su tía July Regina Romero, mujer trans, actriz, fallecida en 2016. Tiempo después de su muerte, el departamento que ocupó durante buena parte de su vida –luego de regresar de un exilio brasileño en los años 80 durante el cual, dicen, compartió prisión con Lula da Silva– debe ser vaciado y desmantelado, reducido a un esqueleto inmóvil, genérico, anónimo.

Torchinsky registra ese proceso con una particular mirada de soslayo, sin filmar los rostros de los sujetos, pero sí las manos y otras partes de sus cuerpos. Pero, sobre todo, registra las voces. Las de los vivos y las otras, grabadas a fuego en unos casetes todavía insertados en el contestador automático. Incluso se permite algunos momentos de ficción, recreaciones y/o (re)invenciones que, sin embargo, no son otra cosa que procesos para intentar alcanzar cierta verdad profunda. July fue artista y participó de la escena under cuando la Ley de Identidad de Género no podía sino ser sino una fantasía, y algunos fragmentos de una vieja grabación en VHS permiten verla en acción en una adaptación de una obra de Copi. En tiempo presente alguien se esfuerza por recuperar y rehacer un sueño soñado en la noche previa, en la cual ella volvía a ser él, Julio, pero muy joven y “muy homosexual”. Su hermana no puede dejar de llamarlo por su nombre de nacimiento, consecuencia lógica luego de tantos años de verlo bajo una luz masculina.

El cineasta conversa con su padre, y este desaprueba la idea de filmar la imagen de una ventana golpeada por las gotas de lluvia. «¿Qué sentido tiene?», le dice, casi enojado. En los armarios todavía cuelgan los vestidos. La heladera se va desprendiendo, uno a uno, de los imanes con teléfonos de pizzerías, rotiserías, lavaderos y el número de emergencia médica. En un cajón aparece una vieja cigarrera y las cartas de un enamorado brasileño de July que, según se comenta, fue el gran amor de su vida. El teatro, el mundillo queer cuando ese término aún no era corriente, el sida con el cual convivió durante décadas. Todo eso y muchas cosas más –esas otras cosas que forman parte esencial de una vida, pero no suelen aparecer en las biografías oficiales– son los materiales de base de El polvo, título de sentido polisémico cuya cualidad espectral no es casual.

Torchinsky es plenamente consciente de que la construcción de la memoria no es otra cosa que una suma de ecos fantasmales del pasado reinventándose en el presente. Por esa misma razón la película, más que un documental ensayístico o experimental sobre un ser de carne y hueso que ha dejado de serlo, se siente más como un homenaje elegíaco en formato audiovisual. El registro de un duelo, desde luego, pero también un memento mori poético que celebra el transcurrir de toda una vida, con sus altos y bajos, sus felicidades y dolores.

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