Emiliano Dionisi, actor, director y dramaturgo prolífico de la escena teatral porteña, asegura que «en el mejor de los casos las obras surgen del entusiasmo ante la oportunidad de escribir para un concurso, una persona, un grupo o sobre una idea que da vueltas en la cabeza». A él le gustan las historias de terror, así que cuando lo invitaron a escribir un texto para la bellísima sala Luisa Vehil del Teatro Cervantes pensó inmediatamente en los fantasmas del espacio. El resultado es La Diabla, unipersonal escrito y dirigido por él con protagónico de Monina Bonelli y acompañamiento musical en escena de la pianista Gretel Cortés.
La protagonista es una mujer con poderes sobrenaturales invitada a dar una conferencia sobre su expertise: la mediumnidad. Ella canta, invoca y encarna espíritus a través de un canal tan místico como teatral: las canciones. Se vale de la «musicomancia» para habitar el espacio intersticial entre el Más Allá y el Más Acá, para conectar ambos mundos. El autor confiesa que no podía tomar muy en serio al personaje que había creado. «No sabía si era una chanta o no y eso me divertía. Se trata de imaginar qué pasa después de la muerte con un personaje del cual desconfiás». En los últimos años hubo un vuelco hacia corrientes místicas y esotéricas: una proliferación de mediums, tarotistas, astrólogos, coaches y chamanes. Muchos ejercen esos oficios con nobleza, pero otros levantan sospechas por beneficiarse de la vulnerabilidad ajena. «Yo no creo en nada, soy ateo entonces tuve mucha libertad para hablar del tema con cierta distancia. Al mismo tiempo, en el tarot y la astrología hay una poética preciosa y yo vivo de la poesía», declara.
En sus procesos suele haber disparadores que motorizan la creación pero lo más estimulante es «ir descubriendo el texto como una búsqueda del tesoro» porque «las obras no se escriben; se descubren». La Diabla es, según él, lo más parecido que hizo a un espectáculo con canciones de protesta. «Con esta obra descubrí que hay más cosas que me incomodan de las que yo pensaba. Me di cuenta de que estaba escribiendo un texto que, con humor, intenta poner algunas cosas sobre la mesa. A mí me encanta el humor de protesta y el café concert. Esto es una ficción pero hay algo de ese espíritu».
–Al inicio de la obra hay una advertencia para quienes odian los musicales y acá se reivindica el género. ¿Qué potencia tienen las canciones?
–Quienes creamos teatro generamos lenguaje para contar una historia y absorbemos elementos de distintos lugares: la palabra, el sonido, el movimiento, la plástica. La música tiene una tradición muy fuerte. Las palabras pasan primero por el intelecto y después van al corazón, la poesía intenta saltearse el intelecto y la música es como los olores, va directamente a los sentidos. En el teatro lo sonoro es muy fuerte porque logra evadir el costado intelectual. En ese sentido, para mí el teatro siempre es musical aunque no sea estrictamente una comedia musical. Puede parecer un género nuevo pero esto viene de la zarzuela y la ópera.
El teatro oficial tiene un lugar importante en su recorrido personal. De chico fue un espectador asiduo y allí también dio sus primeros pasos como artista. «Yo vengo de una familia de textiles. Hubo más épocas malas que buenas y, cuando no había mucho dinero, el Cervantes y el San Martín eran opciones bárbaras para ir al teatro. Empecé a actuar a los 11 años en la versión de Galileo Galilei dirigida por Szuchmacher en el San Martín –recuerda–. Además de ser una experiencia muy poderosa como intérprete, descubrí lo que era un teatro fábrica. Ya no existen tantos: acá adentro se hace todo lo que uno ve en escena y se forman muchas generaciones, es nuestro seleccionado».
El director enaltece la misión del teatro público a la hora de producir espectáculos de calidad por fuera de los avatares del mercado: «A mí me encanta el teatro comercial y creo en eso, pero también me parece valioso que exista un teatro que no tenga que seguir esas fórmulas para entender cuáles son los materiales más oportunos en cada momento o los creadores que deben tener un lugar. A veces nos olvidamos pero el Estado somos todos nosotros poniéndonos de acuerdo. Me parece algo muy noble e inteligente subvencionar esto porque, así como la gente puede ir a un hospital a curarse o a una universidad a educarse, el teatro tiene que estar al alcance de la mano: un teatro fuerte, de calidad, comprometido». Dionisi conoce las historias de los teatros oficiales porque le interesan y trabajó en varias oportunidades en estos espacios cargados de ficciones, mitos y personajes. «Uno pasa por la puerta y quizás no imagina todas las personas que trabajan acá o las historias que hay».
Emiliano tiene una larga historia con los unipersonales: como actor hizo Perderte otra vez, Iván y los perros y La cápsula, pero también escribió y dirigió piezas exquisitas como El brote, la galardonada obra protagonizada por Roberto Peloni. «Es un desafío muy grande para el intérprete y además pasa algo muy fuerte con el público cuando funciona (con esto me refiero a que remueve cosas en el espectador). Ver a un actor solo contando una historia es muy místico, un ritual». En relación a los actores, cuenta que conoce las capacidades de Monina y Roberto hace muchos años, entonces intenta ofrecerles un desafío estimulante. «Ellos hacen que algo muy complejo parezca fácil, es como un pequeño truco de magia. El brote y La Diabla son espectáculos muy distintos pero lo que tienen en común es que con casi nada te invitan a ver mucho», afirma.
Durante el proceso de escritura piensa mucho en el público porque está «preparando algo rico y tengo que imaginar quién es mi comensal, qué tipo de experiencia le voy a ofrecer». A lo largo de su trayecto conoció públicos de todo el mundo: El brote lleva dos años y 230 funciones, Romeo y Julieta de bolsillo lleva más de 1500. «Es increíble cómo cambia la obra porque la completa quien la ve. Cada pieza es un objeto de interpretación y no es lo mismo hacerla para un espectador asiduo del Cervantes o para alguien que pasó por la puerta y entró, no es lo mismo alguien que cree en el espiritismo o un escéptico, no es lo mismo un amante del musical o alguien que se quiere morir», explica.
La Diabla imagina como premisa una conferencia sobre mediumnidad y algún desprevenido puede creer que está a punto de ver un ritual de invocación. Hace unos años hubiese estado muy claro el carácter ficcional de la obra; hoy, sin embargo, el tópico ya no es tan inverosímil. «El alquiler de los espacios públicos para este tipo de eventos es un tema que me preocupa y, sin querer, se metió en la obra. Me hace sentir incómodo y tengo muchas contradicciones porque creo que hay cosas que se pierden y se desvirtúan», opina el director.
La obra también critica la idea de que un futuro venturoso espera en el Cielo a quien se haya sacrificado sobre la Tierra. El verso de una canción dice que «en la próxima vida hay recompensa» y Dionisi recuerda el impacto que sintió tras haber escuchado a una ministra pidiendo a los jubilados un esfuerzo para el futuro. «Uno siente dolor en un mundo que es muy hostil, hay cosas que creíamos saldadas y están en riesgo. Al mismo tiempo, las Abuelas dicen que nuestra revolución es ser felices. Muchos no entienden por qué cantamos si hay cosas que nos preocupan tanto, pero es algo que no nos van a poder quitar jamás. La obra hace una crítica pero también es optimista porque tiene mucho humor y, si nos podemos reír de las cosas más injustas, podemos empezar a sentir que son intolerables y generar consensos».
*La Diabla puede verse de jueves a domingo a las 18 en el Teatro Cervantes (Libertad 815). Las entradas se adquieren en boletería o por Alternativa Teatral.

Más noticias
Guillermo del Toro: "Creo que el perdón es una herramienta increíble"
La Noche de los Museos tuvo asistencia record
Marcelo Nacci: "Esta obra me sirvió para reafirmarme frente a la realidad"