12 junio, 2026

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"Senda india", de Daniela Seggiaro: los wichi contando su propia historia

Senda india 7 puntos 

Argentina, 2025 

Dirección y guion: Daniela Seggiaro 

Registro material original: Miguel Ángel Lorenzo 

Duración: 80 minutos 

Intérpretes: Victorino Lorenzo, Pedro Tolaba, Juan Méndez (Lacuijén), Margarita Filippini. 

Disponible exclusivamente los viernes a las 20 en Malba Cine, Av. Figueroa Alcorta 3415.

“No teníamos hambre cuando estaba intacto nuestro monte. Había comida, la gente llegaba a ser anciana. Otros llegaban a los cien años, la sangre estaba limpia. Hoy, si no tengo para comprar ya paso hambre”. Este es uno de los textos que aparecen impresos sobre imágenes de la reserva wichi de General Mosconi, Salta, en la actualidad. Las mismas forman parte del documental Senda india, de la cineasta Daniela Seggiaro, nacida en esa misma provincia. Y aunque la frase final pueda resultar muy actual, corresponde a testimonios tomados en la década final del siglo XX. Sí, aquellos años ‘90 que maridan tan bien con el presente.

Y es que esas imágenes nuevas funcionan como inserts dentro de un impresionante material original de 1991, en el que el joven wichi Miguel Ángel Lorenzo filmó a su propia comunidad con una cámara doméstica. A través de esas imágenes, que presentan la clásica textura del formato de video, Lorenzo no solo registró la vida cotidiana de su pueblo, sino que logró dar cuenta de una cosmogonía que sigue siendo casi invisible. Lo que le da valor a esa mirada es el hecho de haber sido captada sin la intermediación de aquellos que los wichi siguen llamando “los criollos”. Es decir, los blancos nacidos en la misma tierra que hasta 1492 le pertenecía a pueblos como los wichi, de las que ahora solo conservan esas parcelas a las que se denomina “reservas”.

Las escenas y los testimonios obtenidos por Lorenzo son notables justamente porque logran captar la vida al natural, sin la impostación que podría surgir ante la presencia de una mirada extranjera. “No es una película que hable por nosotros. En esta película somos nosotros los que estamos contando”, como expresa uno de ellos con claridad.

Es particularmente poderosa una secuencia escolar, en la que los maestros wichi conviven con una maestra criolla. Entre las escenas que componen ese momento hay una en la que los chicos de la comunidad representan la llegada de los españoles durante un acto. El maestro wichi cuenta del terror que provocó la aparición de los blancos. En esa puesta en escena, los niños que representan a los “indios” están de rodillas, haciendo reverencias, mientras que los que hacen de españoles se mantienen de pie, altivos ante las muestras de sumisión. “Y quizá de esa manera los empezaron a matar, trayéndoles la Biblia para conquistarlos mejor. Y así hablamos del genocidio que fue surgiendo”, dice el maestro wichi.

Pero enseguida comienza a dudar, como si no terminara de ser capaz de transmitir el horror ancestral. “Es que no sé como explicar esto. Hasta para mí es difícil”, alcanza a decir, antes de ser interrumpido por la maestra criolla, que aprovecha el momento de conmoción para rescatar el relato clásico de la Conquista. “Los misioneros fueron los únicos que defendieron al indígena en ese momento”, dice la mujer desde el fuera de campo, del mismo modo en que los españoles y su Biblia aparecieron de la nada. Mientras esa disputa se desarrolla en el terreno dialéctico, la imagen muestra a los chicos sentados en sus sillitas sobre la tierra, abajo de un árbol, viendo como la lucha por su propia historia sigue teniendo lugar frente a ellos, 500 años después.

No es menor que esas imágenes usadas por Seggiaro sean contemporáneas de las celebraciones realizadas en todo el mundo en 1992, conmemorando los cinco siglos de la llegada europea. Es decir que mientras la exposición América ‘92 se realizaba en Puerto Madero -justo antes de que se convirtiera en la nueva reserva de la clase alta porteña-, en la provincia de Salta los wichi se filmaban a sí mismos, en busca de cambiar el destino de olvido que les impuso la historia. Senda india recupera esa mirada inédita, 35 años después de haber sido registrada y en un contexto político que vuelve a enarbolar al abandono como bandera.

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